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lunes, 7 de octubre de 2013

Memorias de Idhun. Los males de la LIJ contemporánea.

Como ya anuncié, esta va a ser una entrada un poco “dura”.  Anteriormente hablé de Dos velas para el diablo, otra novela de Laura Gallego, cuándo quería explicar el concepto de “mundo propio”. Esa obra me parece ahora un ejemplo mucho más acertado de la habilidad de la autora. Y es que cuenta con suficientes recursos técnicos para hacer que la narración sea fluida y enganche al lector. Es, en este sentido, razonablemente talentosa. Lo que hace aún más cuestionable algunas de sus decisiones en Memorias de Idhun.
Alguien en su defensa podría decir que se trata de una novela anterior a Dos velas para el diablo y que si esta última es mejor es porque la autora ha evolucionado. Desde luego, pero la habilidad narrativa es prácticamente la misma y sin embargo la pobre ejecución de Memorias de Idhun tiene poco que ver con dicho talento. Es un problema coyuntural, del género y de la industria de la LIJ. A continuación explico a qué me refiero con ello.
En cuanto al género tenemos en apariencia una novela de fantasía épica de estilo clásico. Sin embargo, a medida que avanza se convierte en un romance paranormal. Truco para diferenciar ambos géneros (que a veces son muy parecidos): si la historia principal se sostiene sin la relación entre los protagonistas, entonces no es romance paranormal. Y llega un punto de Memorias de Idhun (hacia el final del primer volumen) en que se produce dicho cambio de género. Como si Frodo se transformarse en Bella Swan a mitad de camino de Mordor. Este es un desatino de planificación típico de las primeras novelas de cualquier escritor (culpable!) y aunque excusable no hace la experiencia más agradable para el lector que se siente engañado.

Vamos a suponer que aceptamos esto y nos disponemos a leer Memorias de Idhun como un romance paranormal. ¿Con qué problema nos encontramos? Con que las fórmulas del género demandan el triángulo amoroso, es la moda, hay que hacerlo. Me parece perfecto, pero creo, amigos escritores y editores, que podemos hacerlo MUCHO mejor. Vamos a dejar de lado nuestra veta moralista y a callar todas las objeciones que tengamos sobre la posibilidad de “amar” a dos personas a la vez. Vamos mejor a meternos con la forma patética en la que se trata este conflicto en algunas novelas. Reprochemos en todo caso el estilo “mojabragas” de la narración y las situaciones enervantes en las que los protagonistas se enrollan primero con uno y luego, cinco minutos después, con otro y aun así se supone que debemos simpatizar con ellos. ¡Al carajo!
¿Y qué opinan de esto las editoriales? Pues no mucho, la verdad. No voy a ser yo quien haga una crítica acerca de lo superficial que es la industria, que permite cualquier cosa con tal de vender. Eso no lo leeréis de mí, porque sinceramente, yo también quiero vender. Pero escribo con el convencimiento de que esto no es incompatible con escribir bien, ya que hay muchísimos autores de LIJ que lo demuestran.
Sin embargo hay un reproche para los editores que no puedo contener. Y tiene que ver con mi concepción del mundo de la edición. Y es que no pueden limitarse a ser meros cazadores de talento, siempre en busca de la próxima formula que funcione. Tienen una responsabilidad como divulgadores de cultura (al igual que los autores) de trabajar sobre el objeto artístico que ofrecen al mundo. No puede ser que se dedique menos atención a la corrección de estilo de una novela juvenil porque ya se espera que la narración esté poco pulida y porque se piense que vaya a vender bien igual. Algún idiota incluso diría que vendería peor si estuviera mejor escrita. Queridos editores, si no tenéis ganas de gastaros las pelas en correctores de estilo, al menos sed sinceros con los autores: animadles a que contraten correctores freelancer. Muchos autores estarían dispuestos a pagarlo de su bolsillo si primero se les pusiera delante un contrato editorial. Y queridos autores de LIJ, no tengáis tanta confianza en que vuestro editor terminará de pulir la novela, porque actualmente, al menos en este género, eso NO pasa.

Para acabar quiero dejar claro que no he escogido Memorias de Idhun para hacer esta entrada porque me parezca la peor novela juvenil jamás escrita. Ni mucho menos. La escogí porque sé que hay buenas razones detrás de su éxito: el arduo trabajo de una autora que se esforzó durante años para crear un mundo de fantasía verosímil y carismático, con una historia clásica y arquetípica pero no por ello menos épica. La escogí porque me hizo sentir pena. Aun con tanto potencial, se queda reducida a otra novela mediocre. Contaminada por los males que afectan a tantas y tantas obras de su género.


Próximamente: Code Geass. Cae el telón. Penúltima entrada del blog y la dedicaré a una de las mejores series de animación jamás creadas.

martes, 20 de agosto de 2013

Los juegos del hambre. Empezar por el final.


La trilogía de Suzane Collins es uno de los pocos ejemplos que puedo encontrar hoy en día de libros de este género que me hagan pensar desde el principio que el autor está intentando decirme algo. Algo muy importante en este caso. Muchas novelas juveniles empiezan sin que el propio escritor sepa exactamente porque la está escribiendo, más allá que por entretenimiento o por el dinero. Que no es que me parezcan malos motivos (yo mismo empecé a escribir por pura autosatisfacción), es sólo que dan lugar a resultados poco pulidos. Cuando el autor sabe que quiere decir algo, pero no es consciente del qué, el lector lo nota. En Los juegos del hambre esto no pasa, desde el principio tienes una sensación clara de que alguien está intentando avisarte de algo. Claro que el lector no lo verá hasta el final de Sinsajo, que cierra la trilogía.
¿Quiero decir con esto que el autor tiene que saber el final antes de empezar a escribir? No. El final es donde se suele revelar el sentido de la obra, pero también forma parte de los problemas de la misma que el escritor debe resolver. Lo que sí que está obligado a saber es qué es lo que le mueve a narrar esa historia. Detrás de cada libro hay una visión del mundo, una manera de entender el amor, la guerra, la muerte, la amistad, la traición, etc. Así, en Sinsajo se hace patente que Suzane Collins intentaba decirnos desde hacía muchas páginas que, desgraciadamente, el amor a veces sólo puede ser un bálsamo, no una fuerza imparable que lo vence todo. Que hay experiencias que te cambian para siempre, que puedes seguir adelante, pero no siendo tú mismo, que el concepto de pasar página está muy mal definido.
Los tres libros de la saga están orientados a mostrarnos esto y poco a poco el mensaje se va haciendo más claro hasta que se convierte en un presagio de su amargo final. Todo apunta hacia ello: desde la cruda y tenebrosa ambientación, pasando por las continuas referencias y semejanzas con las distopías adultas, hasta la forma en que la lucha por la supervivencia siempre se impone incluso en las páginas más llenas de almidón romántico.
Es precisamente este último punto el que resulta más determinante para que la autora consiga su objetivo. Las relaciones amorosas de entre los personajes aparecen siempre enturbiadas por Los Juegos del Hambre (o la guerra en el último libro). De modo que se presentan como un elemento incapaz de ocupar un centro en la vida de los protagonistas, porque hay cosas más importantes de las que encargarse. Este es un tratamiento poco habitual en la literatura juvenil y que es uno de los grandes aciertos de la saga. De este modo la autora transmite no sólo al final sino durante el recorrido también una visión de la violencia y la destrucción como una fuerza opuesta al amor, pero no inferior a este en intensidad y poder de transformación de las personas. Presenta un equilibrio, no una anulación: Omnia vincit amor. ¡NO!


Próximamente: Psyren. Llamada perdida. Un análisis de este espectacular manga que pudo haberse convertido en uno de los grandes pero se cayó por el camino.

viernes, 22 de febrero de 2013

Akumetsu. Un hombre, un asesinato.




“Pues los mataré a ellos también. Limpiaré toda la maldad.”

Akumetsu nos narra la historia de Shou, un justiciero enmascarado que intenta erradicar el mal con su código ético de “Un hombre, un asesinato”. El manga fue serializado de 2002 a 2006 y nos presenta lo que en aquella época era un futuro que pocos agoreros preveían: una terrible crisis económica provocada por la corrupción política y las malas prácticas en el sector financiero. Shou, harto de esta situación y de la falta de reacción del pueblo nipón, decide tomarse la justicia por su mano. Adopta el alias Akumetsu (que podría traducirse como destructor del mal) y empieza a matar uno a uno a los que considera culpables de esta situación, suicidándose después de cada asesinato. ¿Qué cómo sigue matando si se suicida? Leed el manga, esta vez no hay spoilers.
Esta obra es probablemente la mejor de Yoshiaki Tabata, aunque sigue cayendo en los mismos errores de otros trabajos. Por un lado está su tendencia a atascarse en la violencia, que llegada un punto se vuelve repetitiva y corta el ritmo de la historia. Y por el otro el hecho de que su crítica social, aunque acertada, resulta un tanto torpe y simplista. Akumetsu y la mayoría de sus trabajos suelen generar reacciones contrapuestas: a la mayoría de sus lectores o bien les encanta o bien les parece una exageración a ratos infantil. Y hay que recalcar lo de infantil en este caso, ya que Shou es un estudiante de instituto, tiene apenas dieciséis años y su idealismo es verosímil y está correctamente expresado pero, efectivamente, resulta exagerado e infantil para el lector más maduro.
Guardo ya en el cajón el crítico que llevamos todos dentro y vuelvo a la novela en la que trabajo (título por decidir) y su relación con Akumetsu. El punto de partida es el álter ego de Shou, que pronto se convierte en algo más que un individuo: pasa a ser una organización terrorista. Mi protagonista, Emily, también forma parte de un grupo terrorista. Lo que la diferencia de Shou es que ella no es una idealista, de hecho tiene serios problemas para distinguir entre el bien y el mal, por lo que encaja mejor en el perfil de asesina a sueldo o mercenaria.
Otro punto de comparación es la crudeza. En Akumetsu no hay villanos trágicos al clásico estilo shakesperiano, sólo hay blanco o negro, siendo Shou el único privilegiado en la escala de grises. En Akumetsu la muerte es un elemento esencial por la forma en que asesina el protagonista: buscando el mayor impacto posible, de la forma más violenta y truculenta que pueda. En mi novela el grupo terrorista para el que trabaja Emily también opera usando la teatralidad y el impacto para difundir un mensaje disuasorio, convencidos, al igual que Akumetsu, de que el miedo bastará para acabar con la maldad. La diferencia está en que el estilo de Emily es radicalmente más comedido (en el 90% de las ocasiones). Mientras que en el manga de Tabata el gore está en primer plano, yo intento tratarlo como parte del decorado, ya que la protagonista y la historia así lo reclaman.



Acabaré con una reflexión que me gustaría desarrollar en futuras entradas. No es que Akumetsu inspirase este trabajo, las historias sólo coinciden en la premisa, pero en cuanto tuve la idea para la novela hice la conexión con éste manga. Con este y con tantos otros que influyen en mi forma de escribir, entonces caí en la cuenta de un problema que se me presenta. En un manga, la premisa de una historia como Akumetsu es aceptada fácilmente por los lectores sin exigir explicaciones o al menos posponiéndolas. Esto se podría comparar con el hecho de que no nos extrañe que en una teleserie norteamericana los extraterrestres siempre aterricen en Estados Unidos. Es decir, diferentes medios artísticos cuentan con diferentes formulas y normas que preparan al público frente a lo que se pueden encontrar. Crean un imaginario propio en el que aceptamos que unas cosas son verosímiles y otras no. Ahora bien, cuando se intenta adoptar en un medio como la literatura juvenil elementos que le son ajenos (sacados de series de televisión, cómics, cine, videojuegos, etc.) no se puede obviar el problema de la adaptación. Se requiere una traducción de las premisas ajenas a las normas y fórmulas propias. Hacer un buen trabajo de traducción será sin duda determinante para que la novela no se hunda antes de zarpar.

Próximamente: Religión para ateos. El arte sin instrucciones. La siguiente entrada NO tratará sobre religión a pesar de lo que pueda hacer pensar el título del ensayo de Alain de Botton. Me centraré en la comparación que establece entre arte religioso y arte laico.

martes, 12 de febrero de 2013

Retrum. Algunas luces y muchas sombras (II)


Como ya anunciaba en la entrada anterior y en la crítica plagada de spoilers que adjunté, no es oro todo lo que reluce en Retrum. Hay algunos detalles que sacaron de la lectura en más de una ocasión y que perjudicaron la impresión global que me produjo la novela.


(autor desconocido)

Primero me gustaría hacer referencia al personaje de Alexia, con quien me costó mucho conectar. A no ser que sea algo deliberado por parte del autor, que no es el caso, es un problema no simpatizar con la pareja sentimental del protagonista de una historia, especialmente si tiene un peso narrativo tan marcado. No es que me provocase ningún tipo de rechazo, sino que esperaría algo más. Sobre todo en lo que a caracterización se refiere. Quiero decir que en comparación con Lorena, Robert (e incluso con Alba), no llegamos a saber lo suficiente de Alexia.
Relacionado con lo anterior se debería hablar de la elección del narrador. Entre los escritores está bastante extendida la opinión de que la primera persona es el recurso más sencillo. La comparto y creo que para iniciados se debe utilizar cuando la trama que se narra es sencilla, como en Retrum, y el protagonista tiene una personalidad compleja. Pero ni Miralles es un iniciado, ni Christian es tan complicado. Sin discutir la elección del autor hay que tener en cuenta que una vez tomada le crea una constricción importante: sobre el protagonista los puedes explicar todo (le oímos pensar en todo momento), pero sobre los demás personajes sólo puedes mostrar. Esto es más complejo y requiere un manejo de recursos narrativos de los que el autor no echa mano de forma ecuánime entre sus personajes. Volviendo a Alexia, aceptamos que no podemos conocer sus pensamientos por las limitaciones del narrador, pero seguimos echando en falta que se nos muestre de ella algo más. No en cuanto a cantidad de cosas que se nos cuentan, sino en cuanto a calidad o forma de contarlas.
Luego hay otros dos detalles que considero como fallos de planteamiento. Uno es el uso del trilladísimo recurso de las gemelas que aquí sirve tanto como excusa romántica como para añadir un elemento de misterio a la novela. Pero de intriga… tan poca que precisamente por el uso de este recurso según el decálogo de Knox, Retrum jamás podría considerarse una novela de misterio (la décima regla es que se desaconseja el uso de gemelos). El otro son las inverosímiles desapariciones de Alexia, especialmente la primera, tras la tragedia de Highgate. Injustificable. O tal vez no, pero como no llegué a entender del todo al personaje lo parece. En la vida real el amor nos puede llevar a hacer cosas inverosímiles, pero esto es ficción y la ficción requiere congruencia. Incluso cuando un personaje va a hacer algo disparatado e incoherente, tiene que ser comprensible para el lector.
Por último podría volver a cargar las tintas con la acelerada progresión narrativa del final, pero ya quedó bastante clara mi opinión en la crítica que adjunté la semana pasada. Haciendo balance de los fallos de Retrum se aprecia que aun dejan un saldo positivo con respecto a sus muchos aciertos. Sin embargo la literatura vive de los detalles y es vital que un escritor cuide aquellos que puedan sacar al lector de la historia, ya que corre el riesgo de perderlo de forma definitiva.
Próximamente: Akumetsu. Un hombre, un asesinato. Toca introducir el universo del manga, que me ha influido como escritor de manera crucial. Además, Akumetsu es una de las obras que más influye en la novela que preparo para el proyecto de final de máster, por lo que hablaré largo y tendido de ambos trabajos.

sábado, 19 de enero de 2013

El Hobbit. Manual de la novela juvenil de aventuras.


Pensándolo bien, podría haber escogido otro referente clásico del género. Después de todo hace tiempo que pensé en Stevenson y en Dumas para dedicarles alguna entrada. Además de que estoy muy lejos de considerarme un conocedor de la obra de Tolkien. De hecho ni siquiera he leído la novela, por lo que aquí sólo hablaré de la primera película de la saga. ¿Con todo esto, por qué escogí El Hobbit? Porque, siendo justos, la idea para esta entrada se me ocurrió en el cine: no hay más.
Voy a delimitar un poco, ya que es mucho lo que se puede decir, y me centraré en las razones por las que creo que ha tenido tanto éxito en el público juvenil. Para empezar, hay toda una retahíla de guiños que, bien mirados, nos hacen preguntarnos quién  podría no ver a simple vista cuál es la verdadera historia que narra El Hobbit. Nos cuenta una búsqueda, la de un joven que intenta encontrarse a sí mismo. Y los guiños que más me llaman la atención son: el gusto por compartir la hierba con los amigos, los conflictos de identidad, la relación entre el maestro y discípulo, los compañeros de viaje y la amistad granjeada con el respeto y el reconocimiento mutuo, la necesidad de ir contra la autoridad y lo establecido y, finalmente, el anhelo de experimentar emociones fuertes.
Es importante darse cuenta de que la literatura juvenil, a diferencia de otros géneros, busca establecer la complicidad con el lector mediante el recurso de los tópicos. Así como en otro tipo de obras no es necesaria la identificación con el protagonista, la novela juvenil que no lo consigue… No diría que fracasa, pero tendría problemas para ser un artefacto reconocible (toma nota, Emily). En este sentido El Hobbit es ejemplar. Hay un momento de metraje que todo el que haya visto la película tendrá muy presente: cuando Bilbo intenta convencer a Gandalf (y a sí mismo) de que no es un aventurero. El 90% de los espectadores (y cuánto más jóvenes, más afectados) recordamos en ese momento el peso abrumador de las expectativas de los demás y las que nos ponemos nosotros mismos. Bilbo termina por cautivarnos cuando sale en busca de la aventura, es decir, cuando intenta convertir en realidad aquello que su maestro ve en él, la clase de persona que le gustaría ser.

Me parece que se ha notado que poco he hablado sobre CÓMO se escribe una novela para un público adolescente/juvenil. Parece un mal común entre los escritores: os costará encontrar uno que hable abiertamente sobre cómo escribe y cuando lo haga, probablemente sea autoengaño. Parece que estemos más interesados en la justificación de por qué escribimos. En mi caso, especialmente el por qué escribo lo que escribo y no otra cosa. Pero eso es tema para otra entrada.

Próximamente: Retrum. Algunas luces y muchas sombras. En la siguiente entrada (o entradas) comentaré las dos novelas de Francesc Miralles. Al igual que con Dexter, habrá una reseña complementaria. Me centraré especialmente en: la caracterización de personajes, la ambientación y el control del ritmo de una historia.